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YO, LA INCORRECTE

Actualizado: 10 sept 2021

"Jane Austen y la chica masturbándose", "Amor fraternal: el doble homosexual de Nabokov" y "Un útero propio: poetas masculinos del Renacimiento en el cuerpo femenino", fueron parte de las investigaciones académicas programadas para presentarse en el ciclo de conferencias de la Modern Language Association, celebrada en Washington en 1989. Retrato y producto de su época, estas ponencias eran el clímax intelectual de lo que pasaba en los campus universitarios desde comienzos de la década de los ochenta.


Instrumento inquisidor de la ultraizquierda y propagandístico de la ultraderecha, la corrección política (P.C. por Politically Correct) es el arma separatista en una guerra cultural que se reduce a eso, a una práctica cultural, un código lingüístico que pretende cambiar la realidad del mundo a través de un pobre entendimiento de la gramatología de Derrida, si es que se entiende.


Los políticamente correctos eran aquellos miembros de la corriente marxista-leninista que seguían y aplicaban de forma dogmática los postulados de la doctrina. Muy ultraderecha para ser de ultraizquierda, la corrección política es de naturaleza ultra, persecutoria, inquisitorial que evolucionó hasta que llegó a los pasillos de las universidades estadounidenses y luego escaló a los medios de comunicación donde su discusión cobró tintes extraacadémicos gracias a que diversos articulistas le dedicaron varios textos al concepto de moda.


Fue en 1990 cuando Richard Bernstein publicó un artículo en el New York Times titulado The Rising Hegemony of the Politically Correct (“La creciente hegemonía de lo políticamente correcto”), que causó controversia al señalar que la corrección política era una “burla sarcástica” utilizada de igual forma por liberales que por conservadores para referirse a lo que consideraban una intolerancia en aumento, que en el fondo no esconde otra cosa que una política radical y quien se sale de ella corre el riesgo de ser señalado de sexista, racista, homófobo, transfóbico, clasista, etc.


Ojalá en México la corrección política se hubiera apoderado del discurso a través de los más sofisticados estudios académicos, lamentablemente, lo hizo de la forma más light y chabacana posible, cuando al presidente de las botas se le ocurrió que decir “chiquillos y chiquillas” lo haría ver más “progre”, muy en el contexto de la P.C. enardecido por el escándalo Clinton-Lewinsky.


Hoy día, incluso los que se burlaban de Fox han terminado por imitarle ante la presión de no verse incorrectos. Porque ahora ellas, ellos y elles, a los que se refería Fox, han crecido y han devuelto la confusión de la P.C. a los entornos escolares con programas de estudios inclusives (que no inclusivos) y al social media. Al respecto Berstein (1990) cita a Leon Botstein, "la idea de la franqueza y la idea más profunda del discurso civil están muertas, las víctimas son los estudiantes".


Pero hay víctimas colaterales de esta inclusive confusión, la maestra de literatura que no puede pedir a sus alumnos que lean El Gran Gatsby sin advertir que hay escenas de violencia contra la mujer, o las series descafeinadas de Netflix que quitan toda la complejidad a los personajes para convertirlos en modelo de P.C., mi tío que no puede gritar “puto” en el estadio, los niños que ya no pueden contar chistes de pepito o de gallegos (creo que ni saben qué es un gallego), las investigaciones académicas y no académicas que sólo pueden hablar de las minorías, la Charlie Hebdo que no puede dibujar a Mahoma o mi bisabuela que insistía en llamarme varón y no varona.


Eso que va escalando a cancelación, es la máxima expresión de la hipocresía de la P.C. en la que todos los ultras (ellas, ellos y elles) apelan a la libertad de opinión y de expresión, siempre y cuando esa opinión esté alineada con la corrección porque si no corres el riesgo de ofender a un “colectivo” y ser expuesto en redes, perder el trabajo, corrido de la escuela, tachado de patriarcal, racista o de apropiación cultural…


Pero también están los otros, los falsos incorrectos, los que van con la bandera de transgresores para justificar un mal chiste en su rutina de stand up, volverse viral, monetizar, ganar seguidores, lectores o electores, ambos, correctos e incorrectos corren el riesgo de llevar la opresión gramatical a un discurso de odio, he ahí las delgadas y peligrosas líneas rojas de lo inclusive y lo exclusive.


Nenees la cuestión es un problema de estructuras simbólicas, de identidad o identidadees, de la paradoja de volver micro lo macro y ampliar con ello el espectro de ofensa, “micromachismo”, “microracismo”, “microclasismo”. Hemos perdido la creencia, la ideología, el pensamiento sólido y crítico que te da la adherencia comunitaria y entonces buscamos soporte identificándonos con cualquier cose-ultra-micro-correcto. Más que caminar a un lenguaje que codifique la opresión hay que caminar a un mundo tolerante, respetuoso, sin fracciones, en el que, como dijo Morelos (2013) solo nos distinga el vicio o la virtud.



REFERENCIAS


Bernstein, R. (1990, 28 octubre). IDEAS & TRENDS; The Rising Hegemony of the Politically Correct. The New York Times. https://www.nytimes.com/1990/10/28/weekinreview/ideas-trends-the-rising-hegemony-of-the-politically-correct.html



Morelos, J. M. (2013). Los sentimientos de la nación. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

https://inehrm.gob.mx/work/models/inehrm/Resource/439/1/images/SentimdeNac.pdf



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