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WORKAHOLIKS DEL MUNDO: ¡UNÍOS!

Mucha gente asegura y proclama a los cuatro vientos ser workaholic. Adicción, no sólo socialmente bien vista, sino funcional para el sistema. Padecimiento moderno que, como toda adicción que se respete, no siempre es aceptada como tal por quienes la padecen, o por lo menos, no reconocen a primera vista atributos negativos en el hecho de trabajar de sol a sol, a cambio de un salario.


Padecimiento que parte de la idea primaria de que tener un empleo y laborar en una empresa, es la única manera de obtener ingresos y tener acceso a bienes. Entonces el trabajo se convierte en un oasis/infierno que les permitirá a las personas vender su tiempo y su fuerza de trabajo, con la promesa de obtener un salario que les habrá de proveer del dinero suficiente para asegurar su subsistencia.


Hasta aquí, todo parecería bien, con la excepción de que una cantidad importante de hombres y mujeres, se compromete laboralmente en actividades que no le gusta llevar a cabo. Entonces, el trabajo resulta un asunto meramente funcional, instrumental, pues estos trabajadores a final de cuentas sólo laboran por dinero, marginando sus talentos, deseos y posibilidades de ser para sí.


Sistema de explotación que hoy en día, tiene como sustento a la tecnología digital. Y es que desde la primera revolución industrial en el siglo XVIII, los sistemas de producción se basaron en la automatización y la producción en serie. Esquema laboral que, de acuerdo a Deutsche Welle (2022) coincidió acaso, con el desarrollo de una ética del trabajo que ya habían propuesto los puritanos ingleses desde el siglo XVII, en donde la labor era considerada redención, y la misión tendría que ser el trabajo incansable y disciplinado en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Modelo que requiere un gran esfuerzo y provee posibilidades limitadas para tener una vida plena fuera de lo laboral. Forma de explotación socialmente legitimada por un entorno que animaba a seguir este tipo de comportamientos.


Ética laboral que durante la pandemia por COVID 19, permitió que se normalizaran prácticas poco saludables, como las jornadas de trabajo inacabables, y la transformación de los espacios íntimos y familiares en entornos laborales, bajo la idea de que el trabajador tenía que estar disponible las 24 horas, durante los 7 días de la semana.


Tecnología digital, que acaso los ilusos pensaron que podía hacer del mundo un lugar más justo, libre y democrático. Y es que se creía fielmente en la idea de que la digitalización iba a propiciar un giro severo al sistema capitalista y al modelo económico, pero en realidad devino en un sistema reaccionario que no solamente no hizo cambiar al mundo, sino que puso la tecnología al servicio del reforzamiento de los sistemas de automatización y de la dinámica de consumo.


Y es que se debe tener claro que Internet no fue pensado para hacer más libre y democrática a la gente, ni para hacerle más cómoda su labor al trabajador (para que este pudiera gozar de mayor tiempo libre), sino para asegurar una mayor eficiencia en los procesos de producción para que las empresas pudieran obtener mayores ganancias. De igual manera la sustitución de la mano de obra por máquinas automatizadas ahorró dolores de cabeza a los empresarios pues las máquinas no se quejaban ni requerían mayor descanso, así como tampoco deseaban organizarse en sindicatos.


Ahora bien, resulta fundamental señalar que el workaholic no es solamente un problema psicológico/conductual o cultural, sino un fenómeno de tipo económico fundamentado en la idea de que el hombre está atrapado en una espiral de consumo en el que sólo gana el empresario. Es decir, el trabajador se involucra en roles de trabajo interminables, aburridos y cansados para asegurar un salario que le asegure niveles de consumo que dan vida a la bestia capitalista.


Modelo workaholic que viene acompañado de estrés y del síndrome de burnout, que es la sensación de estar fundido, agotado e insatisfecho laboralmente a la vez. Todo esto combinado con una especie de dopaje digital en donde la tecnología es al mismo tiempo fuente de explotación y generador de momentos de evasión, cálidos y placenteros. Droga electrónica que produce distracción de los problemas reales de la sociedad y que refuerza el sistema de consumo.


En realidad, en el verdadero conflicto, se devela el fracaso del concepto de trabajo como un sistema de distribución de ingresos. Encrucijada en la que nadie quiere quedarse al margen del consumo, pero a costa de un modelo enfermo y que enferma. Tiempo para preguntarnos si necesitamos todas las cosas que adquirimos o bien empezar a construir formas de economía que den cabida a esquemas como el que propone el modelo de renta básica universal, en donde al ciudadano se le proporciona un ingreso suficiente para vivir, sin hacer nada para recibirlo.


Son los costos de depender de la lógica de un esquema desarrollista que considera aspectos como el producto interno bruto para medir la calidad de vida de la gente, dejando al margen aspectos fundamentales para el bienestar, como la felicidad, el amor, la solidaridad, la confianza, la salud física y mental. Momento para soltarnos y salir de esta loca carrera por el consumo en el que ninguna compra parece suficiente, pues ninguna apunta a la satisfacción de necesidades personales internas.


Workaholic en donde ya no solo nuestros empleadores nos ven como mano de obra útil, sino que el propio ser humano se mira a sí mismo de esta manera. Trabajadores del mundo; devolvámosle el valor al trabajo, buscando su aporte desde la perspectiva del bienestar, más allá del mero consumo, apuntando a la búsqueda de la dignificación de la persona que tendría que significar el ejercicio de su vida laboral.


REFERENCIAS

Deutsche Welle. 2022. Síndrome de Burnout. Consultado el día 22/05/22 en el sitio: https://www.youtube.com/watch?v=q0nil30drbg

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