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SIN PERDÓN NO HAY FUTURO, NI PRESENTE

Somos un centro de investigación y análisis de comunicación para la reflexión, discusión y generación de propuestas para el bienestar mediante la creación de conocimiento práctico que abone al diseño de mejores políticas públicas.


Las víctimas, familiares y supervivientes tienen una responsabilidad moral, están en una posición privilegiada para enviar mensajes a la sociedad.

Michael Lapsley


Por Eduardo A. Carrasco Gómez


Partiendo del título del libro de Desmond Tutu, recordemos que a finales de 2017, durante la campaña por la presidencia de México, el entonces candidato AMLO lanzó una propuesta de amnistía que fue descalificada con énfasis mediático –entre otros— por Salvador Cienfuegos, quien se desempeñaba como secretario de la defensa nacional y que actualmente enfrenta un proceso de juicio penal en Estados Unidos.

Una vez que se oficializó el triunfo electoral del presidente constitucional de México y antes de asumir el cargo, el presidente López Obrador ha vuelto recurrentemente al planteamiento del perdón.

A finales de abril de este año, se expidió la ley de amnistía, y a finales de septiembre, el mismo López Obrador, en su calidad de presidente de México, pidió perdón a los padres y madres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014.

Más recientemente, a principios de octubre de 2020, a través la Dra. Beatriz Gutiérrez Müeller, esposa del presidente López Obrador, entregó a Francisco, Obispo de Roma, una misiva en la que reitera, como lo hizo en 2019, que la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR) pida perdón por los abusos cometidos especialmente durante la colonia.

En todas las ocasiones, sin excepción, cada vez que López Obrador ha planteado el perdón, múltiples voces lo han descalificado, argumentando que no sirve de nada y que es preferible dejar el pasado en el olvido.

Llama la atención que un sector de jerarcas, funcionarios y pensadores de la ICAR, además de autores seculares de la opinión publicada, se pronuncien en contra de la solicitud presentada al Obispo de Roma, especialmente señalando que los últimos tres obispos de Roma, incluyendo el actual, ya han pedido perdón por estos hechos y que AMLO ha faltado al protocolo diplomático; algún miembro del episcopado ha planteado incluso que el estado pida perdón por la guerra cristera.

Vale la pena recordar que de acuerdo al texto bíblico, Jesús dijo a Pedro que se debe perdonar hasta setenta veces siete a quien lo solicite (Mateo 18:21-22), acaso el perpetrador del daño deba solicitar perdón la misma cantidad de veces; sin embargo, múltiples exégetas reconocen que más que un valor numérico, se refiere a perdonar perfectamente y acaso también pedir perdón deba realizarse sin dobleces y con el firme propósito de enmienda.

Más allá del fugaz recuento del perdón en la vida pública de la historia reciente de México y dada la estridencia de los sectores que han perdido los privilegios que retuvieron hasta el 2018, vale la pena reflexionar a cerca del perdón comunitario y nacional, para habilitar la reconciliación.

Los grandes hitos de la historia y la vida pública nacional evidencian que el perdón no ha permeado en el ámbito nacional, por el contrario: la polarización actual muestra que los polos partidistas tienen otras prioridades, como enfatizar sus propias razones, sin consideración del resto.

En el terreno de la hipótesis: qué perdería y qué ganaría el Obispo de Roma si refrenda una petición de perdón por los perjuicios cometidos por la ICAR al pueblo de México.

Los poderes de la unión, la ICAR y el ejército están en evaluación por hechos históricos, pero también por hechos, o al menos por indicios, que cimbran su propia razón institucional de ser, con acusadores políticos y morales de peso importante.

Si bien estas instituciones han aportado al bienestar, es innegable que también se han extralimitado en perjuicio de diferentes sectores de la población como indígenas, estudiantes, campesinos, obreros, menores, mujeres, la población LGBTTIQ+, minorías religiosas y otros más.

Sin embargo una disculpa honesta no es un mero discurso, sino una enmienda y hasta donde sea posible el resarcimiento del daño cometido en favor de las personas que han sido perjudicadas.

Si bien perdonar libera y alivia a alguna víctima individual o colectiva, independientemente de la solicitud o no de algún victimario; el arrepentimiento del victimario habilita las condiciones para un posible paso posterior: la reconciliación.

 

Eduardo Carrasco Gómez publica todos los jueves en este medio.

Eduardo Carrasco Gómez es teólogo y comunicólogo, profesor invitado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.


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