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OM Y AMÉN ¿Y LA COMUNICACIÓN SAGRADA?

Conquistar es destruir símbolos, por tanto, toda re-simbolización lleva implícito un acto violento. Ya sea a través de las armas, la economía, la política, la religión, la ciencia o de las industrias culturales, el proceso de implantación hegemónica de una civilización sobre otra tiene que ver con el destierro de la representación de una forma de comprender el mundo y levantar la propia del pueblo dominante en los espacios vacíos del inconsciente colectivo.


Para Luis Racionero (1993) los símbolos son imágenes que evocan lo que no se puede explicar con palabras y que, igual que el mito y el rito, son parte del conocimiento hermético o tradicional de los pueblos, pero su importancia, más allá de lo que representan, está en lo que ocultan; un pasado primitivo y sacralizado con la naturaleza, cuando el hombre era parte de ella y no su dominador, por lo tanto, su origen no deviene de la convención, sino de la existencia misma del hombre.


Para Carl Gustav Jung (1970) las imágenes originales de este pasado unificador aún se encuentran en nosotros como individualidad y colectivo en forma de arquetipos, es decir, de representaciones internas y exactas del símbolo, algo así como el espacio de un rompecabezas dónde la evocación de una figura encaja cuando la vemos de forma consciente y este ensamble es posible porque las traemos insertas en el subconsciente antes de nacer.


Lo interesante es que estos arquetipos son compartidos de forma colectiva y universal, de ahí que las formas tribales primitivas sean más o menos comunes con apenas algunas modificaciones y que dan cuenta de cosmogonías sustentadas en un mito fundacional, no cultural, sino de la creación y existencia divina de la humanidad y es la causa por la que todos tenemos una necesidad reprimida de lo simbólico.


El símbolo entonces no comunica nada, no significa nada, pero nos liga a lo divino porque más bien evoca una emoción activa que da sentido a la existencia pero que no puede ser explicada por el paradigma científico actual ni por el lenguaje, acaso podría ser un metalenguaje. “El símbolo es como una metáfora en poesía: relaciona elementos por intuición y, aunque a veces parece ilógico, porque en realidad lo es, provoca un conocimiento al que la lógica nunca llegará penetrar” (Racionero, 1993, p 4).


Pese a su fuerza creativa tanto en las culturas de oriente como de occidente y su constante referencia mediante el lenguaje y rituales cotidianos, muchos de ellos de gran peso en la organización de los núcleos familiares y comunitarios, el diálogo con el absoluto unificador ha sido ignorado a la hora de establecer los llamados niveles de comunicación.


Este tipo de conversación no podría situarse en el nivel interpersonal en el entendido de que hay un interlocutor que está fuera del ego y se sitúa en el sí mismo como ente independiente, incluso, en algunos casos superaría las barreras del lenguaje, sería una comunicación desde el metalenguaje, diálogo, empero, que está en peligro de perderse a causa de la constante debilidad del símbolo que hace que lo comunitario “se transforma en una insoportable y tensa relación yo-tú” (Jung, 1970, p 14) y cuyas consecuencias ayudan a comprender lo que algunos llaman la “era del vacío” pero que no es más que la construcción y predominancia del mito del logos.


Logos en el sentido más aristotélico entendido como la razón detrás del discurso. Este mito se aleja de lo natural ya que no nace del inconsciente primitivo, sino que es una construcción artificial consciente que encuentra su origen en la racionalidad humana que elimina los misterios y da respuesta a todas las cosas. Sobre él, entonces, se erigen otros mitos como el desarrollo y, evidentemente, la comunicación con lo absoluto tiene que desaparecer.


Hilando la idea anterior, parece ser que el problema se presenta cuando las sociedades modernas olvidan el poder del símbolo mediante un rompimiento con lo tribal, porque entonces, el vacío del arquetipo que ya no encuentra evocación, es llenado por una psicosis moralizadora que trata de regir la conducta de las sociedades mediante el juicio y no a través su conexión con lo natural; somos expulsados del paraíso y caemos una dualidad entre el bien y el mal, entre tú y yo, y es en esta separación en la que el hombre pierde respeto por sí mismo y se lanza al futuro mecánicamente envuelto en la brutalidad que nace de la idea de poder, dominación, reconocimiento y placer.


Ahí dónde el símbolo ha sido asesinado y la sacralidad de nuestra naturaleza se olvida, la moral, el pudor y la ética encuentran terreno fértil, entonces quizá sea necesario ir más allá de las fronteras de la Grecia Antigua para encontrar nuevos indicios de que con este diálogo no se busca comprender al otro sino recordar que, a fin de cuentas, desde siempre lo hemos sido.


REFERENCIAS


Jung, C. (1970). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.


Racionero, L. (1993). Símbolos. Año Cero.


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