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OCIO Y BIENESTAR

Estar ocioso, o ser un ocioso puede sonar incómodo en una época como la actual, de aceleración social que tiene sus exigencias, como estar activo en todo lugar y a toda hora, y en donde sentarse a reposar o incluso ocuparse en leer un libro, puede ser interpretado como signo de flojera, pérdida de tiempo o desinterés frente a las cosas importantes de la vida. Aceleración en donde todo parece suceder a toda prisa, asumiendo el ser productivo como algo vital para la consecución del desarrollo personal y social.


El ocio no significa no hacer nada, si es que esto pudiera ser posible, sino que es una construcción social vinculada a la concepción moderna del trabajo (que a su vez es otra construcción social) y al desarrollo de la Revolución Industrial. La reflexión en torno a este concepto, ya existía en la Grecia clásica, pero el entorno surgido de la modernidad (a partir de los siglos XVIII y XIX) generó cambios sociales significativos de donde emergió una sociedad del trabajo en el que el espacio laboral se transformó en un escenario privilegiado en el que los individuos aspiraban alcanzar el progreso personal con el dominio de la tecnología en el trabajo y a partir del orden social propuesto por la modernidad.


Tal afán optimista derivó en lo que Hanna Arendt (1988, p.277) calificó como “una sociedad de trabajadores sin trabajo”. Esta perspectiva de asumir lo laboral fue tan importante que todo o casi todo giraba en torno suyo, como la idea de desarrollo, el sentido de justicia social, las sociedades de mercado, las prestaciones sociales y las jornadas de trabajo.


Todo esto coincidió con el nacimiento de una sociedad de masas y de tecnologías como el cine, la radio y más tarde la televisión, que con el tiempo fueron significándose como protagonistas de estos momentos de ocio. Así, desde el siglo XIX parece existir una vinculación, aparentemente natural, entre el ocio y el uso de los sistemas informativos.


Tal acomodo de la vida social generó que uno de los logros de la clase trabajadora europea fuera la consecución de horarios laborales que dejaran espacio para lo que se llamó tiempo libre, que se puede entender como aquel lapso que se ubica fuera de las obligaciones laborales o domésticas, a diferencia del ocio que sería la manera de ocupar tales momentos. Al respecto, Herbert Marcuse (1993, p.79) señala que “es un error equiparar al tiempo libre con el ocio, ya que este último existe en la sociedad industrial avanzada, pero no es libre en la medida en que es administrado por los negocios y la política”.


Perspectivas críticas empezaban a considerar que el tiempo de ocio, más que significar un espacio de libertad para los trabajadores, en realidad era una esfera donde se extendía la explotación y la alienación del proletariado, ya que incentivaba el consumo de bienes y servicios. De igual manera, se pensaba que el ocio por sí mismo representaba una forma de control social usada para distraer a los trabajadores de los problemas generados por la lógica de la explotación.


Como se mencionaba con antelación, en un entorno permeado por la sociedad del trabajo y la aceleración social, en donde ser productivo es misión que se continúa fuera del espacio laboral, estar ocioso suena incorrecto y solo parece aceptado cuando es útil a la lógica de producción y sobre todo del consumo capitalista. El turismo en México, constituye un ejemplo de cómo una actividad relacionada al ocio se convierte en una importante fuente de divisas, provenientes del consumo de todo lo que se relacione a este sector, pero muchas veces a costa de folclorizar el legado histórico y cultural de nuestro país.


En este sentido cabe reconocer que hoy en día lo referente al ocio se ha profesionalizado y convertido en una actividad mercantil y en una lucrativa área de negocios vinculada a sectores como el turístico, el educativo y a las llamadas industrias del entretenimiento.


A partir de esta lógica se podría repensar el sentido del ocio desde una perspectiva contrahegemónica, empezándolo a considerar también como espacio para la reflexión y la realización de actividades lúdicas pasando de la inacción, lo contemplativo o del mero consumo. Esto implicaría vincular el ocio con el bienestar y con dimensiones como lo cultural, lo deportivo, artístico y/o intelectual que contribuyan a desarrollar el espíritu crítico y cuestionador de la persona y del colectivo.


Vincular al ocio con el bienestar, asimismo implicaría concebirlo como una necesidad humana fundamental y saludable más allá de la mera distracción y de su sentido ideológico y lucrativo.


En el binomio ocio-bienestar, tendría que estar por delante no solo el lucro sino el desarrollo y aprovechamiento del tiempo libre como espacio personal y familiar (y por ello social), en el que incluso tendría que haber distintas oportunidades (de acuerdo con los gustos, presupuestos, necesidades, etc.) para que las personas puedan construir sus propios entornos de disfrute en el que se abran oportunidades para significarse con plenitud a través de el uso y aprovechamiento de tales espacios vitales y de la valoración de la diversidad cultural como uno de los elementos decisivos para la transformación social.


REFERENCIAS

Arendt, H. (1988). La Condición Humana. Paidós, Barcelona

Marcuse, H. (1993). El Hombre Unidimensional. Editorial Planeta. Ciudad de México



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