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MI AMIGO EL LÍDER (EL CLIENTELISMO, PARTE II)

En la entrega de la semana pasada explicamos la forma en la que los líderes y partidos políticos crean y operan las redes de compra de votos en México. Hablamos de la manera en la que el clientelismo se ha convertido en el mecanismo electoral y que demuestra que la democracia también tiene un precio.


El clientelismo es un mecanismo que se instala en las profundidades de los barrios y de los pueblos donde se establecen algunas dinámicas de relación social mediadas por los líderes sociales que ponen y quitan reglas a conveniencia, o que generan una red de vasallaje a cambio de una despensa o un tinaco.


Ser amigo del líder siempre da prestigio, la sensación de estar cerca de un coto de poder, por mínimo que sea, nos crea la ilusión de progreso, de autoridad y distinción, pero, al mismo tiempo, despoja al dirigente de toda connotación negativa de su labor, es decir, mi amigo el dirigente no es inescrupuloso o corrupto, sino un ciudadano preocupado por las necesidades de la gente está dispuesto a ayudar sin tener obligación.


Esta forma de comprender la realidad no solo conviene al líder, sino que se convierte en necesaria para exculpar la carga ética del “cliente” porque, como dice Auyero (2002), en esta dinámica no se percibe que aquel que recibió un bote de pintura o una medicina esté vendiendo su voto, sino que está realizando un acto de correspondencia a la amistad del líder, relación que vale la pena conservar porque significa una correlación de intereses donde ambos salen ganando.


Claro que esta relación obsequio-contraobsequio cobra sentido siempre se ubique en una temporalidad específica (Bourdieu, 2007), es decir, el acto de reciprocidad no debe ser inmediato o la buena intención es anulada, la función del tiempo entre lo que se da y lo que recibe es hacer que parezcan actos desvinculados, pero que genera lazos de reciprocidad entre el “cliente” y el “líder” en los que se ponen en juego las experiencias del intercambio; cómo se vive el clientelismo y cómo se suprime de forma la verdad sobre esta práctica; autoengaño individual y colectivo.


Al interior de las estructuras clientelares la corrupción se percibe como algo que no permea a los ciudadanos, a la vida barrial, que sólo ocurre en esferas en las que el gobierno, los funcionarios o los empresarios están involucrados,


Para los miembros de la red clientelar esta práctica es la política en sí misma, la forma en la que aprendieron a hacer y como siempre la han hecho, lo que impide que el “cliente” se perciba a sí mismo como miembro de la forma de corrupción polito-electoral más popular en la que el líder y el ciudadano se convierten en máquinas operativas e ideológicas en la que el intercambio permea y condiciona la relación de utilidad con una estructura superior (candidato o partido) con la que rara vez se tiene contacto directo.


La política clientelar es una de las fallas del sistema democrático y de la legislación electoral y, aunque parece menor, es la forma más tergiversada y corrupta de la actividad política por su contacto directo con la población. Es tiempo de voltear a ver este fenómeno desde la academia para proponer mecanismos que mejoren las prácticas políticas y democráticas en nuestro país pero, al mismo tiempo, garantizar políticas y programas públicos que garanticen el bienestar de la población para que en las próximas elecciones no tengan que obsequiar su voto a cambio de una despensa.


REFERENCIAS


Auyero, J. (2002, junio). Clientelismo político en Argentina: doble vida y negación colectiva. Perfiles latinoamericanos. Dialnet-ClientelismoPoliticoEnArgentina-2211519.pdf

Bourdieu, P. (2007). El sentido práctico. México: Siglo XXI Editores.


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