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MATAR A LOS ÍDOLOS

Somos un centro de investigación y análisis de comunicación para la reflexión, discusión y generación de propuestas para el bienestar mediante la creación de conocimiento práctico que abone al diseño de mejores políticas públicas.

“No conseguiremos liberarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática” Nietzsche

Por Iveth Serna

Para Francis Bacon, los ídolos son imágenes falsas que se pretenden verdaderas pero que nos impiden conocer la verdad. Nuestro acercamiento más habitual y evidente a ellos son las imágenes religiosas, que en sí mismas están cargadas de significados morales y prejuiciosos que se convierten en obstáculos que nos alejan de la realidad.

Pero a diario lidiamos con otros ídolos sin materia, que de forma inconsciente y casi imperceptible determinan la forma en la que concebimos y nos conducimos en el mundo. Estos ídolos prejuiciosos, dogmáticos e inflexibles, nos colocan una venda sobre los ojos que solo dejan pasar algunas luces con las que construimos nuestra visión global de la realidad.

Esta preconcepción del mundo es lo que Bachelard llama obstáculos epistémicos, que no son otra cosa que ideas preconcebidas que nos llevan a cometer errores de razonamiento, para Bacon, la única forma de superar estos errores es despojarnos de cuatro ídolos que marcan y juegan con nuestro destino.

Los de la tribu que tiene que ver con las ideas de grupo que nos programan para pensar de una forma determinada y nos llevan a buscar ideas afines, este ídolo abandera las causas del racismo, de la segregación, la supremacía o la ideología de género.

El segundo ídolo es el de la caverna y que gobierna los hábitos, costumbres y preferencias personales ya moldeados por los ídolos de clan y que tiene que ver con los nacionalismos, por ejemplo.

El tercer ídolo es el del ágora, que se manifiesta en el culto al lenguaje, nuestras palabras nos construyen y nos proyectan al mundo, a través de nuestra conceptualización nuestros ídolos de grupo y de caverna nos moldean la realidad en la que creemos vivir, como dice Derrida, nada hay fuera del texto, es decir, no hay realidad fuera de nuestros prejuicios gramaticales.

El último ídolo es el del teatro en referencia a nuestra tragedia griega, entendida como la manera en la que los cuerpos filosóficos clásicos han ideologizado la visión accidental por la que pretendemos comprender y explicar el mundo entero y a los que Nietzsche predijo su ocaso por ser la materialización de la decadencia de la vida, Sócrates, Platón y Aristóteles van en contra de la vida misma, son, incluso, cobardes que se refugian en el ideal.

Estos cuatro ídolos son los responsables de la polarización actual del mundo, de las lecturas parciales que hacemos de la realidad y de que cada día nos estemos alejando cada vez más de la verdad, por ello, es necesario someterlos a un examen profundo porque, siguiendo a Nietzsche, hay más ídolos que realidades.

En la época de la post-verdad podemos sumar algunos otros ídolos, como el capitalismo, la democracia, la meritocracia y el culto al ego, que han mitificado la política, desmembrado la vida común y nos han sometido a la colonización cultural.

Si esa fuera la solución, de la misma forma en la que se van derribando estatuas de Cristóbal Colón, habría que derribar las de Platón, los anuncios del Netflix y prohibir las propagandas políticas, liberarnos de la frivolidad que nos invade y nos gobierna.

A pesar de ello, a los ídolos no hay que matarlos ni derribarlos, sino resignificarlos, de lo contrario no sirve de nada, qué importa si dejamos a Latinoamérica sin un solo Cristóbal Colón si no podemos despojarnos de la visión eurocéntrica y cristianizada de comprender el mundo.

¿Qué pasaría si los ídolos de la tribu se resignifican en la idea de comunidad, los de la caverna en tolerancia y respeto, los del ágora en diálogo y comunión y los del teatro en hibridaciones cosmogónicas entre los pueblos originarios y todos los pueblos que nos han formado, no solo los europeos, también los asiáticos, los africanos, los árabes y un largo etcétera?

La propuesta es dejar de sacralizar los conceptos que creemos supremos y ampliar el texto con la inclusión de palabras como el bienestar, el amor, el otro y el bien común. Porque, como dice Nietzsche, quizá el ocaso de los ídolos también sea la paz del alma y del mundo.

 

Iveth Serna publica todos los sábados en este medio.


Periodista, maestranda en comunicación organizacional y diplomada en Marketing Digital.

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