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MALOS Y MALDITOS DEL NEOLIBERALISMO

Actualizado: 27 feb 2021

Somos un centro de investigación y análisis de comunicación para la reflexión, discusión y generación de propuestas para el bienestar mediante la creación de conocimiento práctico que abone al diseño de mejores políticas públicas.


Por Iveth Serna


Señalar al capitalismo emergente de la Gran Guerra (Primera y Segunda Guerra Mundial) como el responsable de todos los males del mundo es una salida simplista, es un hecho que el nuevo modelo económico replanteó la dinámica mundial y la lucha por los capitales agrandaron las brechas de la desigualdad social, sin embargo, todo villano tiene siempre un secuaz, habitualmente más talentoso y maligno, pero carente de simpatía.


Siguiendo a Fernando Savater, los malos son aquellos personajes que son capaces de discernir entre la bondad y la maldad y deliberadamente se construyen a sí mismos y deciden el mal como forma de vida, los malditos, en cambio, son aquellos que no tiene opción y se dedican al mal acorralados por sus propias circunstancias, muchos, como Frankenstein fueron creados para eso.


Cuando la ONU fundó la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) para reorganizar las economías subdesarrolladas de América del Sur, se vendió a todos los países de la región la idea del desarrollo como el único camino posible al primer mundismo. La tarea de la CEPAL era diseñar los planes nacionales de desarrollo que los gobiernos presentaban como propios y se obligaban a cumplir.


El desarrollo económico se volvió tan popular que, en todas las universidades, públicas y privadas, las cátedras de economía y planificación se convirtieron en el RockStar de los programas académicos, las escuelas se volcaron a la creación de cuadros tecnócratas que pronto se convirtieron en los depositarios de la fe economicista y los partidos políticos compraron la idea de que la búsqueda de las soluciones a los problemas sociales debía estar atravesada por el crecimiento económico.


Pronto la borrachera capitalista se dio cuenta de que algo andaba mal cuando el número de pobres comenzó a crecer, la economía informal a aumentar y la inacción política tenía a la mayoría de la población viviendo en cinturones de pobreza, en condiciones insalubres, los empleos prometidos eran precarios e indignos, el descontento social culminó en la transformación sociocultural de finales de los 60’s y 70’s, ante la cual el estado se mostró incapaz de comprender la realidad colectiva y encontró en la represión y el asesinato la solución inmediata y en el Estado de Bienestar su expiación.


Pero una vez que la CEPAL recuperó estos primeros resultados de su laboratorio social y registró sus limitantes, se dio cuenta de que la villanía capitalista necesitaba un secuaz; la División de Estudios Sociales. Las cátedras de economía y planeación cayeron en el olvido bajo el tsunami de la sociología, ciencia política e historia económica y social; muera el rey ¡viva el rey!

Resurgió entonces una nueva generación de tecnócratas conocidos como científicos sociales y que, antes de la Gran Guerra, Gramsci los identificaba como intelectuales orgánicos, perfil que la soberbia del liberalismo creyó prescindible, pero que ahora necesitaban de sus servicios para legitimar el abandono liberal e insertar el romanticismo neoliberal propuesto por el maldito (en el sentido Savateriano) Milton Friedman y que encontró su terreno experimental en el Chile de Pinochet bajo la observación de los malvados (también en referencia a Savater) Margaret Thatcher y Ronald Reagan.


Al estilo de la CEPAL, estos cuadros “teóricos progresistas” hicieron de los problemas sociales su laboratorio y no su objeto de estudio, y de las prebendas gubernamentales su forma de vida y no una corresponsabilidad ética del ejercicio del presupuesto público.


El papel de estos “científicos sociales”, cuyos trabajos deben estar perfectamente alineados al Plan Nacional de Desarrollo y al Plan Mundial de Desarrollo, tienen la tarea de desplazar la responsabilidad de los problemas sociales a subjetivos fenómenos económicos y no a la irresponsabilidad política.


Es verdad que los malos modelos económicos basados en la concentración de la riqueza provocan pobreza, desigualdad, discriminación y marginación, pero también es verdad que la irresponsabilidad y la ambición de los políticos malditos les ha facilitado sus prácticas predatorias y que la mezquindad intelectual ha justificado esta dupla criminal.

 

Iveth Serna publica todos los sábados en este medio.


Periodista, maestranda en comunicación organizacional y diplomada en Marketing Digital.

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