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LA REALIDAD HISTORICA: ENTRE LA DIALÉCTICA Y LA NARRATIVA DE NO FICCIÓN

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Por Iveth Serna


“De lo que estoy más orgulloso de esos seis años es del año de 1968, porque me permitió servir y salvar al país, les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático, poniéndolo todo, vida, integridad física, horas, peligros, la vida de mi familia, mi honor y el paso de mi nombre a la historia”, declaró Gustavo Díaz Ordaz el 12 de abril de 1977 durante una conferencia de prensa con motivo de su nombramiento como embajador de México en España.

Pasar a la historia ¿Qué no han hecho los hombres y cuánto han dejado de hacer por pasar a la historia? La tragedia es que su juicio histórico no depende tanto de sus acciones como de las mediaciones del narrador.

La filosofía distingue dos visiones del quehacer histórico. La postura sustantiva o especulativa que ubica a la historia en el área de la metafísica y sostiene que es una progresión temporal de eventos y acciones humanas, generalmente, pero no exclusivamente, ocurridas en el pasado.

Esta visión que nace en La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona y encuentra su máximo exponente en Hegel, propone que la historia es una progresión lineal, gradual y totalitaria de las libertades humanas cuyo motor son los distintos episodios dialécticos. La historia es, entonces, una sucesión permanente de situaciones de conflicto entre una afirmación, una negación y el consenso (tesis, antítesis y síntesis), que van superando estructuras lamentables pero necesarias como la esclavitud, la tiranía y el sufrimiento humano en general.

Esta visión universal de la historia en cuya narrativa encontraron justificación varios estados totalitarios como la Unión Soviética de la guerra fría, fue duramente criticada por filósofos posestructuralistas y posmodernistas que negaban una visión total de la historia.

Esta segunda visión sitúa a la historia en el ámbito epistemológico, le da categoría de ciencia social que estudia una sucesión de acontecimientos infinitos del pasado humano y que no terminal de cerrar en una idea de totalidad y universalidad de la historia. Esta postura positivista exige a sus exponentes a buscar leyes sociales que expliquen los eventos históricos causales. Esta visión no se desmerece tanto por sus detractores y por su incapacidad para establecer leyes para entender y predecir el acontecer social, sino porque su método no satisface las exigencias de objetividad que demandan las ciencias naturales.

En el mismo lugar donde cayeron las Torres Gemelas en el 2001, se levantó una nueva postura crítica a la historia epistemológica y a sus exponentes que veían en la democracia liberal y la apertura del mercado el verdadero progreso histórico; el neoliberalismo también comenzó a caer.

Parece ser que la paradoja de la historia es que no está basada en los hechos sino en las narrativas. “La historia la escriben los vencedores”, dijo George Orwell y quizá nadie entendió mejor esta frase que Winston Churchill que el 4 de febrero de 1944 declaró: “la historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intensión de escribirla”.

Este dominio de la historia, entendido desde un sentido político más que de habilidad narrativa y mucho menos de método, le valió que su visión autobiográfica de la Segunda Guerra Mundial lo hiciera merecedor del premio Nobel de literatura en 1953, que por lo demás, fue una profunda decepción para nuestro novel historiador, Churchil quería pasar a la historia como pacifista, no como escritor.

Hay otros hombres que también han ganado notoriedad por escribir la historia de los perdedores, ejemplo de ello es Miguel León Portilla y su Visión de los Vencidos, que como refiere Eduardo Carrasco para este mismo medio en su artículo “Ética y estética: de la comedia mexicana a la visión de los vencidos”, es el libro más venido de la UNAM y que como texto pedagógico obligatorio ha moldeado gran parte del referente histórico de varias generaciones de mexicanos, esto a pesar de que no está considerado como un trabajo de la historia epistemológica, sino como una pieza histórico-narrativa de no ficción.

Parece que la historia no pertenece ni a los vencedores ni a los vencidos, sino a quien la concibe y además la escribe. Esta postura es defendida por Hayden White, cuya teoría de los tropos señala que los historiadores se basan en tres estrategias para narrar el acontecimiento histórico; el argumento, la trama y la explicación por implicación ideológica.

La historia entonces es un oficio narrativo que tiene tintes de novela, comedia, tragedia y sátira, cuya estructura está más condicionada por la interpretación que el historiador hace de los hechos y de los datos. La realidad histórica, entonces, está mediada por las afinidades ideológicas, el capital cultural y las capacidades lingüísticas de quien la narra. El lenguaje, por sí mismo, no solo sirve para comunicar la historia, sino que afecta profundamente su interpretación

¿Si la historia es la superación de hechos dialécticos? ¿Si la historia es una narración interpretativa de hechos mediados por el lenguaje? ¿Por qué ninguna de las dos posturas confirma algún tipo de evolución política, social, cultural o económica sustantiva?

Desde el 13 de agosto de 1521 México está sumergido en un proceso histórico dialéctico entre conquistados y conquistadores, vencidos y vencedores, privilegiados y excluidos, ricos y pobres.

Y narrativamente no podemos desprendernos del mito del héroe, los historiadores tienen sus personajes y acontecimientos favoritos, héroes sobresalientes y villanos épicos. Las estructuras narrativas de la historia, el lenguaje, los conceptos y las visiones ideológicas no han cambiado.

Tal parece que la historia no es un evento progresivo sino más bien estático, a lo más constante, donde todo depende de la visión del narrador, lejos estamos del fin de la historia que pregonan los posmodernos, más bien, como decía Einstein, la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es una ilusión. La historia no está condicionada por el tiempo y el espacio, sino por la interpretación del escritor y su relación con la colectividad.

Como dialéctica o narrativa, o narrativa dialéctica, el progreso histórico depende de la evolución del lenguaje y de las categorías conceptuales de las que no hemos podido desprendernos, nuestro lenguaje cotidiano es el reflejo de nuestro laberinto de la soledad en el que hemos estado perdidos los últimos 500 años.

 

Iveth Serna publica todos los sábados en este medio.

Periodista, maestranda en comunicación organizacional y diplomada en Marketing Digital.

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