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LA IDENTIDAD A TRAVÉS DEL OBJETO

Tener unos cerillos a la mano siempre es útil y más cuando los pilotos fallan. Esos trozos de cerilla, madera o cartón, con cabeza de fósforo salvan a cualquier mortal de calentar el café o el agua para el té.


El olor del cerillo es peculiar, su forma y su presentación también. Esas cajas de cartón que llevan a los costados la fosforera y como imagen un paisaje, el horóscopo o epígrafes, son sinónimo de lo “nacional”.


Jesús de la Helguera referido por Monsiváis como el pintor del almanaque y cumbre del arte calendárico en México, plasmó a través del objeto “el esperado regalo decembrino de las fábricas de cigarros, de los baños de vapor, de las tiendas de abarrotes y de los pequeños establecimientos comerciales (…)”


Las trenzas con moños, los sombreros de charro y los paisajes de un México inmerso en el chovinismo marcaron tendencia en intelectuales y artistas de la época. Con el tiempo, estas representaciones de lo “nacional” se enmarcaron en la “cursilería” porque la “realidad” plasmada a través del objeto distó del México rural que transitaba hacia lo urbano.


La globalización, la tecnología y la hibridación de procesos culturales y artísticos hicieron del objeto considerado como elemento identitario, un arte kitsch en donde la “autenticidad” fue más allá del mal gusto, del legado popular y de la tradición.


Lo que está detrás del objeto, es un simbolismo que refleja nuestro pasado y presente que interactúa en un espacio-tiempo entre lo local y lo global. Los repertorios culturales como la música, el lenguaje, el territorio, los rasgos, la nacionalidad, el color de piel, la comida o el parentesco, forman parte de la identidad, pero no de lo que nos identifica.


De acuerdo con Alberto Melucci (1995, p. 43) “la identidad se constituye en un proceso en el que se presentan tres elementos: a) la permanencia de una serie de características a través del tiempo; b) la delimitación del sujeto respecto de otros sujetos, y c) la capacidad de reconocer y de ser reconocido”.


Las próximas semanas festividades como “Halloween o Noche de Brujas” y “Día de Muertos”, serán celebraciones que nos identifican pero que más allá de envolvernos en discursos de “preservar nuestra tradición”, son un buen pretexto para disfrutar los colores, sabores y aromas de los diferentes repertorios culturales.


Históricamente la mayoría de las costumbres, tradiciones y herencias culturales mexicanas no son genuinas. Incidir en cuál es la mejor, la peor o destacar una sobre la otra por el hecho de ser mexicano, es una paradoja porque, así como Helguera es reconocido por el almanaque, Norman Rockwell por su ilustración que representó el costumbrismo norteamericano lleno de ironía, humor y contraste. Lo peculiar en ambos artistas es la imagen “cursi” que reflejaban a una sociedad utópica que sólo existía en las películas y en sus ilustraciones.


La cultura es una fusión de otras. El hoy puede ser un amalgamado futuro, dejémonos llevar por la solidaridad, el respeto y la empatía por el otro porque al final, somos un crisol de experiencias al estar abiertos a aceptar lo que otros pueblos nos comparten.


Referencias

Melucci, A. (1995). Culture and Collective Action. En H. K. Johnstone, Social Movements and Culture (págs. 41-42). Minneapolis: University of Minessota Press.

Monsiváis, C. (2012). Los rituales del caos. México: Era.




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