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HABLAR COMO SE NOS DÉ LA GANA

Es en el lenguaje donde formamos nuestro sentido de identidad y en él la vertimos para transformarlo, es una infinita danza dialéctica en la que nos creamos, nos transformamos y nos damos forma.


Basta con escuchar a hablar a alguien para darnos una idea de quién es, qué idioma habla, qué acento utiliza, qué modismos, nos dan pistas poderosísimas sobre de dónde es la persona que tenemos en frente, de qué región, de que grupo, su nivel de escolaridad, etc. El lenguaje, como dice Heidegger (2015) es nuestra casa, pero yo digo que es nuestro hogar, por que cuando lo usamos con autenticidad nos hace sentir cómodos, reconfortados, despreocupados, seguros y nosotros mismos, por eso, sería increíble pensar que habría momentos en el que hay que dispensarse por la forma en la que hablamos, sin embargo, las hay.


Imaginen que un día un extraño viene a nuestra casa y nos critica por el color de nuestras paredes, o por el estado de nuestros muebles, o porque no se nos dio la gana limpiar, claro que no lo permitiríamos y pediríamos al visitante respeto o, de lo contrario, que abandone nuestro hogar, entonces, si el lenguaje es nuestro hogar ¿por qué no hacer lo mismo? ¿Por qué permitimos que un extraño nos diga cómo hablar o que palabras usar? O peor aún ¿Por qué somos nosotros quienes tomamos la iniciativa y modificamos nuestro leguaje para pertenecer a cierto grupo?


Esta acción se llama Cambio de código, switching de código o cambio de registro, yo le digo, esconder la basura bajo la alfombra. De acuerdo con la teoría de la acomodación de la comunicación, de Howard Giles (2010), adecuamos nuestra manera de hablar de acuerdo a las características de nuestro interlocutor y esto puede hacerse de manera divergente y convergente.


Es divergente cuando usamos la forma en la que hablamos para enfatizar nuestras diferencias, ya sea para mostrar orgullo por nuestra identidad o para marcar nuestro poder y superioridad. Por otro lado, sería convergente cuando modificamos nuestro lenguaje para ganar la aprobación de la persona o el grupo con el que estamos interactuando.


Ya sea que cambiemos de código de forma divergente o convergente, la mayoría de las ocasiones lo hacemos insertos en un juego de poder inmerso en los estereotipos que nos han vendido como verdaderos, nos han hecho creer que quien tiene más grados académicos, quien tiene más dinero, quien tiene el color de piel más claro, quien tiene un mejor empleo en términos económicos, quien que ocupa un puesto público de alto nivel o el quien se hace respetar usando alguna forma de violencia tiene más poder, entonces, el lenguaje se modifica según los patrones del hablante más poderoso.


Entonces, si tenemos que cambiar de código es porque consideramos, o se considera que la forma en la que hablamos es inaceptable porque refleja algo de nosotros que es inaceptable para el grupo en el que nos estamos relacionado, pero no hay mentira más grande que esa.


Cambiar de código es abandonar el ser, abandonar nuestra casa, nuestro hogar en un intento por encajar en ideas erróneas que nos han implantado sobre cómo debe funcionar el mundo. Por tanto, hay que defender y hacer respetar nuestro hogar, hay que volver a nuestro ser sin importar como sea y, sobre todo, sin importar quien se sienta incómodo o a quien le parezca inadecuado.


Hay que hablar pues, como somos y como se nos dé la gana pues.


REFERENCIAS


Giles, H. (2010). [Contexts of Accommodation: Developments in Applied Sociolinguistics (Studies in Emotion and Social Interaction)] [Author: Giles, Howard] [March, 2010]. Cambridge University Press.

Heidegger, M. (2015). Ser y Tiempo. Createspace Independent Publishing Platform.

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