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EL CONOCIMIENTO COMO BIEN COMÚN: CIENCIA ABIERTA

Imaginen que es 01 de enero de 2020, el mundo se encuentra ante una latente epidemia mundial que amenaza la vida de 290 millones de personas; a la Organización Mundial de la Salud (OMS) llegan rumores sobre el nuevo virus, pero los científicos que lo estudian han decidido mantener los resultados de sus investigaciones en secreto, esto tal vez les haga ganar un premio Nobel o millones de dólares si encuentran un tratamiento vendible a uno de los grandes monopolios farmacéuticos.


El resto del mundo pierde tiempo valioso y tendrán que esperar que el virus ataque a su población para tener muestras experimentales que les ayude a descubrir una secuencia genética y, con suerte, les llevará por lo menos una década en desarrollar una vacuna que tardará otros diez años en pasar las pruebas, eso sin contar que la burocracia, la asignación de presupuestos y la alternancia gubernamental pueden retrasar el proceso por lo menos una década más.


En tanto, la población más pobre sigue muriendo a montones sin ninguna esperanza y con la frustración de no tener el dinero para pagar la vacuna que una de las grandes farmacéuticas ha patentado y que vende a precios que sólo los más adinerados pueden pagar.


Esto no es ciencia ficción, esta posibilidad distópica está cada vez más cercana de convertirse en realidad en mundo vulnerable a las pandemias, a la ciencia de élite, a los gobiernos ineficaces y los laboratorios rapaces. Es por ello que organismos como la OMS y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), realizan esfuerzos constantes para lograr acuerdos mundiales encaminados a la democratización del conocimiento.


El 05 de enero de 2020, la OMS publicó su primer parte técnico en el que compartió al mundo todo lo que sabía sobre el nuevo virus, evaluación de riesgo y recomendaciones; el 10 de enero ya había publicado recomendaciones sobre pruebas de detención y atención de casos y para el 12 de enero China estaba haciendo pública la secuencia genética del nuevo virus, lo que permitió que científicos de todo el mundo y de todas las instituciones públicas o privadas pudieran poner sus esfuerzos en marcha para desarrollar una vacuna en el menor tiempo posible, aún antes de que el virus saliera de ese país.


El once de febrero, unos pocos días después de declarada la emergencia mundial, más de 400 expertos fueron reunidos por la OMS establecer líneas de acción y organizar una estrategia mundial conjunta para investigar el nuevo virus y hacer público todo lo que se supiera de él. El 31 de diciembre de 2020, sólo un año después de la notificación del nuevo virus, la OMS emitió la primera validación para el uso emergente de la primera vacuna contra la Covid-19 e hizo hincapié en un acceso mundial equitativo.


Este segundo escenario y, por fortuna, el que nos tocó vivir, sólo fue posible gracias a lo que hoy conocemos como ciencia abierta, una propuesta que, si bien ya se venía manejando dentro de algunos grupos de científicos, se fortaleció a raíz de la necesidad imperante de que la información obtenida sobre el nuevo SARS fuera compartida de manera libre y gratuita a fin de encontrar una vacuna, contrarrestar la pandemia de infodemia y fomentar el desarrollo de todo el potencial científico de las naciones.


En octubre de 2020 la OMS, la UNESCO y la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, consideraron a la ciencia abierta como una cuestión fundamental de Derechos Humanos[i] y la definieron como “un movimiento creciente dirigido a hacer que el proceso científico sea más transparente e inclusivo, haciendo que el conocimiento, los métodos, las pruebas y los datos científicos estén disponibles y accesibles gratuitamente para todos” (UNESCO, 2020).


Los principios sobre los cuáles descansa la ciencia abierta son: 1) apertura de metodologías, 2) fuentes abiertas, 3) datos abiertos, 4) acceso libre y gratuito a la comunicación, 5) transparencia de revisiones y 5) recursos educativos abiertos, todo esto con el objetivo de utilizar, modificar y compartir conocimiento.


Debe quedar claro que la motivación de la ciencia abierta no es la colaboración para la generación de mayor conocimiento en el menor tiempo posible, sino que el conocimiento sea libre e impacte de manera positiva en el bienestar de las personas y de los pueblos, es decir, ciencia práctica, útil, entendible y disponible para todos a fin de buscar soluciones a los grandes problemas mundiales, sin embargo, también puede utilizarse para impactar de forma positiva de manera regional y comunitaria debido a que la escasez de los recursos materiales, humanos y financieros que se tiene en investigaciones pequeñas, puede contrarrestarse con el uso abierto de datos, fuentes, resultados y metodologías reutilizadas.


Pero ¿cómo es que algo a lo que tenemos derecho y parece tan obvio debe defenderse a través de organismos y esfuerzos internacionales? La respuesta está en que el quehacer científico también se ha convertido en un negocio, es un camino a la obtención de privilegios y la construcción de grupos de élite que especulan y lucran con el conocimiento.


Lamentablemente, la producción científica se ha ido llenando de malas prácticas que no sólo limitan el acceso de la información para nuevas investigaciones, sino que ha generado una gran cantidad de conocimiento erróneo e impreciso que, en lugar de contribuir al bienestar de las personas, lo ponen en riesgo.


Los investigadores no deberían temer a la apertura científica porque les provee de mayores posibilidades de construir y consolidar una reputación científica, ya que, apuesta por revisiones abiertas de mejor calidad, dejando menos espacio a prácticas corruptas o antiéticas en instituciones académicas, centros de investigación, publicaciones rapaces o comités revisores, además, les garantiza mayor impacto de su investigación.


Al respecto, cabe recordar que el conocimiento es un bien común debido a que la mayoría de las investigaciones se realizan con presupuesto público, por tanto, los resultados no son del investigador sino de los ciudadanos, es por ello que la idea de ciencia cerrada y propietaria es un paradigma que debe cambiar a la brevedad.


Es por ello que la transparencia y las modificaciones del método y proceso científico es el punto medular de la ciencia abierta, ya que, de acuerdo con Foster (2020) “la apertura del proceso de investigación apoya la validación, la reproducibilidad y reduce los casos de mala conducta académica. Ayuda a maximizar el impacto de la investigación y proporciona las bases para que otros puedan construir”.


Finalmente, y aunque de esto hablaremos más a profundidad en un siguiente texto, es necesario señalar la importancia de la comunicación en la ciencia abierta porque no basta con que la información sea libre y accesible, sino que ciudadanos, investigadores, gobiernos, instituciones, sistemas informativos, etc., deben saber cómo encontrarla, gestionarla, utilizarla y comunicarla, es ahí donde espacios como Comunicación para el Bienestar tenemos una gran responsabilidad social, nos sólo con la generación y divulgación científica abierta, sino con la alfabetización informacional y comunicacional.



REFERENCIAS


FOSTER. (2020). Adapt. Recuperado 1 de enero de 2022, de https://www.fosteropenscience.eu/learning/open-access-publishing/#/id/5a326071c2af651d1e3b1c14

OMS. (2020, 27 abril). COVID-19: cronología de la actuación de la OMS. Recuperado 22–01-02, de https://www.who.int/es/news/item/27-04-2020-who-timeline---covid-19

ONU. (s. f.). Declaración Universal de los Derechos Humanos. Recuperado 3 de enero de 2022, de https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights

ONU. (2020). ¿Puede la “Ciencia Abierta” acelerar la búsqueda de una vacuna contra el COVID-19? Cinco cosas que debes saber. Recuperado 22–01-01, de https://news.un.org/es/story/2020/11/1483842

UNESCO. (2020, 27 octubre). Ciencia Abierta. Recuperado 3 de enero de 2022, de https://es.unesco.org/fieldoffice/montevideo/DerechoALaCiencia/CienciaAbierta


[i] La ciencia abierta encuentra fundamento en el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que señala que todos los humanos tenemos derecho a participar del progreso científico y gozar de los beneficios que resulten de él, es decir, el conocimiento debe ser público y estar disponible a cualquier persona que desee consultarlo y utilizarlo.

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