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EL BUEN PRIMATE CAPITALISTA

La diferencia entre ricos y pobres es que los primeros son primates superiores de sala de museo, mientras que los segundos son ratas de laboratorio. Los llamados científicos sociales acuden a los cinturones pobreza, a las barriadas marginadas o a los pueblos excluidos ávidos de descubrir las causas de la miseria en la que les tocó vivir, mientras que a los potentados se les admira mucho, pero se les estudia poco.


A los pobres se les estudia porque son la antinatura del ideal del desarrollo, no es normal que en el mundo capitalista que nos ofrece tantas oportunidades y libertades, hay quienes no hayan podido salir de la miseria, pero es que algo debe andar mal con ellos; será lo que comen o lo que no comen, lo que ven en la televisión, si la tienen, como hablan, como bailan, como piensan, la genética… porque el sistema es perfecto ¿no es así?


A esto, el economista John Kenneth Galbraith (1992) le llamaba darwinismo social y objetivo es descubrir el origen de las clases privilegiadas y cuyo principal exponente es el filósofo y pionero de la sociología Herbert Spencer, fue él y no Darwin, quien creo la famosa frase “la supervivencia de los más aptos”, en referencia a la supervivencia del reino de la vida económica.


Las obras de Spencer moldearon las formas económicas y culturales de la clase capitalista floreciente en Estados Unidos a finales del siglo XIX, a quienes las ideas del filósofo inglés respecto a que la riqueza es el resultado natural de la fuerza la inteligencia o la capacidad de adaptarse, les liberaba de la culpa porque entonces los pobres eran víctimas de su propia inferioridad biológica que poco a poco los iba eliminando y no de los modos de explotación capitalista.


La caridad spenceriana apareció como la forma para detener la eliminación natural de los pobres y les permitía la supervivencia, entonces los ricos no solo eran biológicamente superiores, sino que ahora también lo eran moralmente enaltecidos.


“Los millonarios son el producto de la selección natural, al ser seleccionados la riqueza crece en sus manos (…) tienen grandes salarios y viven en el lujo, pero el trato es bueno para la sociedad”, predicaba William Graham Sumner, el más destacado discípulo de Spencer y el primer titular de una clase de sociología, quien lo superó en severidad, pero no lo hizo en el “evangelio del placer”.


En el mundo empresarial, nadie acogió más el darwinismo social como John D. Rockefeller quien la a adaptó a una doctrina de escuela dominical en la que se predicaba que la explotación no era una perversión de la economía, sino una ley natural y divina.


La pregunta es si el darwinismo social logró sobrevivir los embates del siglo XX y la histeria posmoderna del incipiente pero aguerrido siglo XXI, la respuesta es sí, como reza su máxima su capacidad de adaptación es su máxima fortaleza, a la selección ahora se le llama mérito; la meritocracia como el nuevo paradigma evolutivo del buen primate capitalista que ha convertido la oración en decreto y la caridad en corrección política.


Ahí están, sin una mota de polvo, impecables en sus trajes a la medida o muy estilo hippie chic, con zapatos lustrosos para intensificar el brillo que da tener éxito en la jungla de asfalto, especímenes tan impresionantes que se exhiben las vitrinas de los museos modernos a lado de Prada dando consejos millonarios y culpándonos de no esforzarnos lo suficiente para dejar de ser ratas de laboratorio.


Referencias


Galbraith, J. K. (1996). La sociedad opulenta. Planeta.

Spencer, H. (2011). Obras Filosóficas De Spencer. . . Nabu Press.

Sumner, W. G. (2017). What Social Classes Owe to Each Other. Createspace Independent Publishing Platform.

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