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DE LAS MAREAS DE OPINIÓN O CÓMO RESISTIR A LAS ÉLITES

Somos un centro de investigación y análisis de comunicación para la reflexión, discusión y generación de propuestas para el bienestar mediante la creación de conocimiento práctico que abone al diseño de mejores políticas públicas.


Por Iveth Serna


Salir a votar no es participación ciudadana, acaso sería comparable a responder una encuesta opinión. El tipo de democracia que se ha instituido en nuestros países, por lo menos los de América Latina, reduce la participación del ciudadano a la emisión de una opinión generada por la interacción de distintos flujos de información durante los años no electorales y que se intensifica en el año electoral.


El triunfo en las urnas no se trata de un triunfo ciudadano, ideológico o de gobernanza, es apenas un triunfo del desinterés, la desinformación y la incompetencia política de la mayoría de los ciudadanos que nos encontramos en el último peldaño de la pirámide informativa.


¿Por qué decimos que el voto es apenas una opinión y no un ejercicio de poder ciudadano? Porque para que el sufragio sea una expresión democrática se requiere que esta opinión sea verdaderamente pública, es decir, que se forme a partir de un interés real por la cosa pública, por lo importante para la vida en comunidad y que no sea una opinión mediada y mediatizada que responde como acto reflejo de la opinión publicada.


Además de la corrupción, la discrecionalidad política, el abuso del poder y varios etcéteras, los flujos de información también se deben sumar a la lista de los grandes problemas que obstaculizan la formación de una opinión pública autónoma, lo que deriva en una práctica democrática ilegítima y en la imposibilidad de construir ciudadanía.


Es diversa la bibliografía que se puede abordar para tratar el tema de la formación de la opinión pública, sin embargo, en esta ocasión nos apoyaremos en la teoría de los flujos de comunicación de Karl Deutsch, también conocido como “modelo en cascada”, por ser uno de los pocos modelos que ponen en el juego político tres actores que con frecuencia quedan en la sombra pero que en la práctica política ejercen un gran poder; la élite socioeconómica, la resistencia social y la jerarquía militar.


Deutsch nos dice que los flujos de información siguen un curso en “cascada”, es decir, descendiente. En la parte más alta encontramos a la élite económica, es la más pequeña en términos demográficos, se constituye por menos del diez por ciento de la población total de un país, sin embargo, es la más poderosa porque concentra las fortunas y los activos empresariales más grandes, lo que les permite difundir sus ideas e intereses mediante una gran variedad de medios y actores.


Por debajo de ellos se encuentran el sistema político-gubernamental, este es el escaño más complejo porque, además de representar ciertos intereses de las grandes fortunas, también se ponen en juego los intereses económicos y de poder político de los partidos, de los funcionarios del gobierno en turno y de la alta jerarquía militar. Esta lucha de intereses es la que más vulnera la formación de una opinión pública autónoma ya que es muy fácil caer en la manipulación, la mentira, el encubrimiento y la propaganda excesiva.


Los siguientes son los medios de comunicación masivos que, en adelante, llamaremos sistemas informativos como propone Antonio Pasquali (ver LA COMUNICACIÓN ALTERNATIVA Y LAS REDES SOCIODIGITALES (wixsite.com)) y los personajes encargados de difundir los mensajes incluyendo, incluso, a los representantes de las industrias culturales como el cine, la música y el mundo editorial y a los llamados “influencers”.


Este mundillo informativo constituye el último escalón de las élites, obedece a sus propias lógicas y conflictos, ya que, además de defender los intereses de la élite económica que, además, es dueña de los grandes sistemas informativos, y del sistema político gubernamental que los representa, sus propias ambiciones profesionales, económicas y, últimamente polítics,a también entran en juego.


Esta mezcla cada vez más grande de intereses hace que la libertad de expresión se confunda con la libertad de mentir, de tergiversar la realidad o, incluso, de fabricar hechos a fin de difundir una información que les beneficie, no es casual la carencia cualitativa de la información de la que tanto hemos hablado. El respeto por la verdad o la muerte de las fake news queda bien en los slogans, pero nada más.


En el cuarto nivel están los líderes de opinión, pero no referencia a quienes publican información, ellos estarían en el tercer escaño. Por líderes de opinión Deutsch se refiere a un pequeño grupo de ciudadanos que están interesados por la cosa pública, que están atentos de las informaciones y son capaces de recibirlas con una visión más o menos crítica, a veces están de acuerdo con los mensajes que reciben de los sistemas informativos y otras veces están en desacuerdo.


La opinión de estos ciudadanos tiene credibilidad y ello les provee de gran influencia sobre las personas de su entorno social o comunitario, sin embargo, ya que sus criterios están determinados por ciertas condicionantes, estos actores también modifican, bloquean o dejan fluir una información.


Finalmente se encuentra el electorado, que no el ciudadano, se trata de personas que están en posibilidad de emitir un voto, es decir, cuenta con una credencial para votar vigente y su nombre se encuentra en la lista nominal.


Las élites esperan que estas personas acudan a las urnas a votar por la opinión que logró permear mejor en los electores, en esta lógica, el candidato es lo de menos, es apenas un requisito para el montaje de la farsa democrática, si es capaz de reforzar la opinión qué importa que sea un ciudadano con legítimo interés en la cosa pública, un arribista o cualquier otra cosa.


Hasta aquí pereciera que el elector es una persona indiferente, apática, mal informada y altamente manipulable, pero, aunque es cierto que la educación política y la construcción de ciudadanía es endeble, como en todos los fenómenos sociales, la opinión pública también nos da sorpresas y no siempre reacciona como las élites calculan.


Antes de someternos a los sistemas informativos, las personas somos parte de ciertos grupos de referencia como la familia o la comunidad a la que pertenecemos, que nos moldean según cierto sistema de creencias y de valores con los que tenemos identificación y que modifican la forma en que cada persona o cada grupo recibe un mensaje.


Nuestra formación como seres sociales y políticos no nos hacer iguales ni predecibles, por mucho que los algoritmos se empeñen en convencernos de lo contrario, es por ello que en ocasiones los electores reaccionan con rechazo, abstinencia e, incluso, hostilidad, originando las llamadas “mareas de opinión”, que son estallidos sociales, desde movimientos hasta revoluciones, que emergen auténticamente desde “abajo”.


Por otro lado, hay que recordar que Deutsch identificó las “mareas de opinión” más desde una óptica de la política exterior, es decir, este modelo de flujo de información se replica en cada país y luego tienen que interactuar entre ellos, pero si los modelos son incompatibles o deficientes, se pueden generar graves conflictos diplomáticos que pueden llegar hasta la guerra, contextos en los que los rumores y la incertidumbre también impactan en la opinión pública.


Considerando lo anterior, es interesante reflexionar sobre si las “mareas de opinión” también pueden surgir desde la élite militar que, aunque forma parte del sistema gubernamental, se trata de un sistema completamente autónomo, con sus propios sistemas y mareas que han ido desde manifestaciones sutiles como la militarización de un país o muy agresivas como un golpe de estado, ambas igual de peligrosas, pero este es un tema que convendría reflexionar con más profundidad en otro momento.


Las “mareas de opinión” es un concepto valioso en el que valdría la pena profundizar para encontrar la forma de convertir los flujos de información de cascada a mar abierto, donde el desacuerdo y el diálogo, mediado sobre un sistema de valores sólidos y comunes, sean las mareas que nos lleven a un sistema verdaderamente democrático, donde la construcción de la ciudadanía, el interés de la cosa pública de las comunidades y el fomento de una opinión pública autónoma sea más importantes que el voto.

 

Iveth Serna publica todos los sábados en este medio.


Periodista, maestranda en comunicación organizacional y diplomada en Marketing Digital.

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