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DE LA MEDIACIÓN A LA APROPIACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO

Por Iveth Serna

Cuando hablamos de “expresión” con frecuencia la asociamos a una “libertad” reservada sólo para el gremio mediático y periodístico. La significamos como el derecho de decir aquello que consideramos conveniente sin que ello deba someterse a la censura, entendida como la supresión coercitiva de la manifestación pública de una idea.

En el contexto actual el escarnio público se nos presenta como un escenario más peligroso y perjudicial que la censura. Ya no basta con silenciar al opositor, hay que provocarle una reacción pronta y medianamente irracional para humillarlo, descalificarlo y hacerlo merecedor del desprecio de la opinión pública.

La trampa de la inmediatez supera la publicación del dato no confirmado o de la fuente no confiable. Se convierten en víctimas de sus propios conceptos, alimentando la desconfianza a la palabra que no se sostienen a la luz del análisis lingüístico, semiótico, político, económico e histórico.

Los liberales se convierten en conservadores, los conservadores en dictatoriales, los dictatoriales en socialistas, los socialistas en comunistas los comunistas en libertadores y libertadores en liberales. Torre de Babel post-moderna pero sin ingenio ni referencia, a lo mucho ornamento.

En el espejismo de la verdad se finca la negación del otro y se pierde la posibilidad del ejercicio de la libertad como praxis del asunto público, abismo sobre el cual, a la luz de Hannah Arendt, debiera haber una base de comunicación, las coincidencias.

Pero antes debemos cuestionarnos cuáles son los límites de la libertad y estar conscientes de que hay un precio que pagar por ella, el de reconocer y dignificar al otro ¿Estamos dispuestos?

La urgencia de la definición radica en que no podemos dar por hecho a la libertad porque si no la tenemos clara y no la ejercemos con responsabilidad, en cualquier momento la podemos perder ante la interpretación que el poder le otorgue.

Y aunque a veces la historia nos demuestra que no es necesaria para la sobrevivencia de un pueblo, es fundamental para significar y resignificar la vida del hombre; pensar lo que uno quiera, formarse la “propia” opinión ya no es suficiente, hay que someter nuestro argumento a la opinión pública, abrirlo al diálogo y volverlo activo para mediar los intereses de la pluralidad.

La apropiación del espacio público es un acto comunicativo que se transforma en acto político, en el sentido aristotélico del término. Este ejercicio debe tener como condición fundamental la ampliación de los marcos conceptuales que, de parecer obvios, con frecuencia resultan erróneos.

En este escenario, la mediación debe convertirse en un ejercicio de inter-mediación, arrojar luz a aquello que “se encuentra entre” los ciudadanos y sus intereses personales y de grupo, lo que se pone en común, el bienestar general.

 

Periodista, maestranda en comunicación organizacional y diplomada en Marketing Digital.

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