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ALGORITMO: EL DICTADOR QUE SOMOS TODOS

Actualizado: 8 mar 2022

Una dictadura perfecta tendría la apariencia

de una democracia, pero básicamente

de una prisión sin muros en la que los presos ni

siquiera soñarían con escapar.

Aldous Huxley


Internet puede entenderse como un mar de información sobre todo y sobre todos, aun de los que nunca lo consultan. Datos que circulan potencializados en la red en tiempo real y que llegan a personas ubicadas en casi cualquier parte del mundo. Prodigio de la tecnología que coloca al alcance de la gente todo tipo de números, cifras, narrativas, historias, imágenes y sonidos.


Entorno de la democracia informativa o empresa formalmente constituida que opera como un Estado autoritario, como lo calificó Sheera Frenkel (2022) en el que el ciber ciudadano integra el uso de la red a sus asuntos cotidianos, pero al mismo tiempo, sabe o por lo menos siente que algo o alguien lo vigila, haciendo un conteo puntual de nuestros acontecimientos. Somos números, cifras que alimentan el monstruo de mil cabezas llamado algoritmo.


Herramienta fundamental que acorta el tiempo de nuestras búsquedas en el mundo digital, el algoritmo nos ayuda a solucionar problemas, pero las opciones que nos brinda están acotadas al perfil de búsqueda que ha construido de nosotros a partir de nuestras visitas a Internet. Navegar así, es hacerlo desde una burbuja donde ya no hay misterios, somos entes reducidos a opciones rápidas y personalizadas pero que nos miran como clientes predecibles, reales y potenciales.


Ciberespacio que es escenario del ir y venir de datos de los que pocos se responsabilizan. Desinformación que según Frenkel, experta en temas de seguridad cibernética, afecta a grupos muy determinados como en el caso de las noticias y reportajes con datos falsos que estuvieron circulando por Facebook durante la pandemia, referidos a la vacunación para contrarrestar la Covid.


Según la analista (2021) la desinformación sobre el tema de las vacunas en Estados Unidos, incidió en las decisiones sobre todo de grupos de personas que tradicionalmente desconfían de los médicos, como en este caso, los grupos afroamericanos y latinos. Y es que en tales comunidades, se tenía la percepción de que existía un especial interés en inyectarlos pues el tratamiento todavía estaba en la fase de prueba, es decir se tenía la idea de que serían utilizados para jugar el papel de conejillos de indias del cual muchos saldrían muertos.


Así, el daño estaba hecho, la información errónea corrió durante meses por la red, sin que alguien diera la cara por lo dicho, por lo cual el gobierno norteamericano tuvo que recurrir a voluntarios y grupos comunitarios para ir de puerta en puerta para brindar información real sobre la campaña de inmunización.


Sirva tal ejemplo para tener una idea de la enorme responsabilidad que significa la participación en las redes sociodigitales y de los controles tan pobres que existe sobre lo que muchos grupos y/o personas publican. Además este caso nos alerta sobre la manera en la que opera el algoritmo de búsqueda en red. Y es que en tal lógica, en el time line de nuestra red sociodigital, aparecen de manera prioritaria, por una parte información de los contactos que más frecuentamos, seguidos por anuncios de marcas que la red supone que consumimos o que vamos a adquirir. No obstante también nos llegan aquellas noticias que por alguna razón se han vuelto virales en la red, aunque sean falsas o parciales.


En tal sentido, en el caso de las vacunas, la viralización de noticias referentes a lo contraproducente que resultaría el inyectarse, fue reforzada por el maltrato que por varios años el sistema de salud norteamericano ha ejercido contra la población latina y afroamericana.


Redes sociodigitales, que actúan bajo un estricto modelo de Estado autoritario, en donde el poder recae no en una persona (por ejemplo Marck Zuckerberg o algún otro magnate de las empresas digitales) sino en el algoritmo. Dictador al que todos alimentamos con datos pero en el que, como señala Emmanuel Levinas (2011, p.30), la tiranía sólo puede ejercerse a través del borramiento del otro.


Pero la tiranía del Internet ya no es como las fascistas del siglo XX que reducían al ser humano nulificando su rostro y demás rasgos de identidad: rapados todos en los campos de concentración, vestidos de la misma manera, sin signos de individualidad. Hoy, el “yo” en los entornos virtuales queda borrado al perderse en ese mar electrónico de semblantes cuasi idénticos.


Autoritarismo digital que se alimenta de datos, de los tuyos, los míos, los del otro generalizado. Forma de ejercicio del poder que es al mismo tiempo modelo de negocios en el que los metadatos son ofrecidos al mejor postor. Nuestra privacidad entonces es moneda que se da a cambio de contenidos y publicidad, círculo vicioso del que muy pocos obtienen lucro.


Es la lógica del algoritmo lo que marca hoy en día el ritmo en el mundo digital. Big Brother que sabe casi todo de nosotros. Tiranía dulce que transita entre los universos imaginados por Orwell y Huxley ante lo cual, nuestra opción no es voltearle la cara a la tecnología o estacionarnos en sólo asumirla desde una visión apocalíptica. La solución, acaso más simple y compleja podría ser aprender a navegar por fuera de la burbuja.


REFERENCIAS

  • Frenkel, Sheera. 2021. Black and Hispanic Communities Grapple With Vaccine Misinformation. New York Times (Online), New York: New York Times Company. Mar 10, 2021.

  • Frenkel, Sheera. 2022. Facebook, un Estado autoritario: entrevista con la reportera Sheera Frenkel. El Universal. Mar. 6, 2022.

  • Levinas, Emmanuel. 2001. La Huella del otro. México. Ed. Taurus.

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