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1994 O EL AÑO EN QUE TODO (O NADA) CAMBIÓ

Somos un centro de investigación y análisis de comunicación para la reflexión, discusión y generación de propuestas para el bienestar mediante la creación de conocimiento práctico que abone al diseño de mejores políticas públicas.


Por Iveth Serna


¿Desde cuándo le han importado el sufrimiento y la desesperanza de los pobres, de los desposeídos, de los débiles física y económicamente, a los dueños del dinero? Cuestionaba la académica Sol Arguedas en los albores de un 1993 cuando se firmaba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que entraría en vigor un año después, el mismo día del levantamiento en armas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y unos meses antes del llamado “error de diciembre”.


No fue la mejor forma de entrar al neoliberalismo, pero fue profético. Ese par de años vaticinaron la escandalosa polarización de la riqueza económica y social que hoy azota a nuestro país. El famoso mito del “Estado-Nación” se declaró muerto el mismo día que cayó el Muro de Berlín. Una pared fue destruida, pero la división y el estancamiento en las mismas formas de interpretación de la realidad parecen resistir a cualquier tempestad, baste de muestra la carrera por la vacuna contra la Covid-19.


En esta pandemia lo que sobrevive son las grandes fortunas trasnacionales que crecieron a un ritmo acelerado y lo que se hunde son los más desprotegidos, que también crecen a ritmo acelerado y para quienes la justicia social es apenas una promesa rota de un Estado cuyo único papel parece ser el de vigilante fronterizo, útil para detener la migración del sur al norte y acelerar la comercialización del norte al sur.


Acaso la renegociación del tratado de libre comercio pudiera haber marcado la aparición de un nuevo capitalismo, quizá uno menos salvaje y de un nuevo Estado, tal vez uno menos servicial al capital e impulsor de una distribución más equitativa de la riqueza para garantizar derechos fundamentales como el acceso a la salud, la educación o la subsistencia, que, con neoliberalismo o sin él, no ha sido capaz de garantizar.


Este experimento no fue más que una posmodernización del mismo sistema de capital más globalizado, monopólico y opresor que se legitimó en el cuerdo México-Estados Unidos-Canadá (AMEC), al amparo de una izquierda paralizada y deteriorada incapaz de encabezar nuevas formas de relación y estructura social.


Si bien, por la naturaleza e historia de la izquierda, esperamos de ella una conducta más humanista y orientada al bienestar, lo cierto es que la ausencia de valores, de capacidad de comprensión de la realidad nacional y de la voluntad transformadora de todos los partidos políticos se vuelve insultantemente evidente en la antesala de la llamada “elección más grande de México”.


Si todos los partidos políticos tienen que recurrir a figuras del espectáculo de cuestionable talento (al menos para administración pública) o a políticos con antecedentes misóginos, de abuso o de corrupción, quiere decir que ninguno de ellos es capaz de identificarse con las luchas sociales inmediatas por las reivindicaciones populares como los distintos movimientos feministas, los defensores de la tierra, el agua y el territorio, o por las necesidades de las múltiples Naciones mexicanas, pueblos y barrios originarios, lo que los incapacita, con mayor razón, para comprender los grandes problemas globales.


Si no hay identificación ¿cómo puede ser posible la representación? Ilegitimidad electoral le espera a quienes resulten vencedores en las urnas, pero que no tengan un compromiso real con la independencia y soberanía popular, con la democracia participativa, con el reconocimiento del pluralismo y, sobre todo, con el bienestar.


Acaso el mayor peligro del neoliberalismo no es el aumento desmedido de la brecha entre los ricos y los desprotegidos, sino que nos despoja de la conciencia de aquello que surge y de aquellos que se hunden.


Hoy que ponemos sobre la mesa la lucha por la justicia social, seguimos padeciendo la desigualdad, la dependencia, la polarización, la dominación y la exclusión del actual orden económico y político. Hoy es 20 de febrero de 2021, bien podría ser de 1994.

 

Iveth Serna publica todos los sábados en este medio.

Periodista, maestranda en comunicación organizacional y diplomada en Marketing Digital.


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